Si tienes miedo al hablar en público, no te falta seguridad.
Te sobra tratar de tenerlo todo controlado.
Si estás buscando cómo superar el miedo escénico sin convertirte en alguien que no eres, quizá esta historia también sea la tuya.
Durante años, subirme a un escenario era sinónimo de esfuerzo titánico y continuo.
Me encantaba mi profesión, sí. Pero el trabajo nunca era suficiente.
No lograba disfrutar del todo. Era como salir con el freno de mano echado.
Y al final de la función, cuando el público aplaudía, me sentía abrumada.
Durante años pensé que debía practicar más.
Prepararme mejor. Trabajar más la voz. Aprenderme mejor el texto.
Tenerlo todo bajo control.
Y no.
Porque cuanto más intentaba tenerlo todo bajo control, más me alejaba de mí, de mi instinto.
De mi propia voz.
Cuanto más me esforzaba, más dura era la capa del disfraz que me protegía.
Y menos me mostraba yo.
Con el tiempo descubrí que eso era lo que me enfadaba cuando el público aplaudía. Me sentía tremendamente pequeña.
«No sé a quién le aplaudís, pero no es a mi.»
Pero claro:
Si no me mostraba yo, ¿cómo iban a aplaudirme a mí?
Si tienes miedo al hablar en público y estás buscando cómo superar el miedo escénico, quizá esto te suene:
Sabes de lo que hablas.
Piensas claro.
Te preparas mucho, y aún así, sigues bloqueándote.
Cuando llega el momento clave, tu cuerpo se cierra.
Y algo en ti hace que te sientas pequeña.
No porque no sepas.
Sino porque te estás conteniendo demasiado.
Muchas personas creen que les falta seguridad al hablar en público.
Hablo de quien ya sabe, pero no logra sentirse segura.
Creen que les falta preparación.
Entonces buscan un profe de para hablar en público. O un curso de oratoria.
Y ese profe o ese curso intentan enterrar su falta de seguridad bajo capas y capas de técnica, mucha práctica o estructura del mensaje.
Pero todas esas capas son un parche. Puro maquillaje.
Porque, por sí mismas, no evitan que tengas miedo al hablar en público.
Lo que casi nadie explica en ninguno de esos cursos es que, muchas veces, lo que sobra es necesidad de control.
Del cuerpo.
De la voz.
De la emoción.
Ese control suele venir de un personaje antiguo.
Uno que aprendió que mostrarse demasiado tenía un coste demasiado alto.
Viejas costumbres que ya no te sirven.
Cuando disminuyes la necesidad de control y te muestras, no pierdes autoridad.
La recuperas.
Y entonces, sí, la técnica, la estructura, la práctica… realzan tu belleza natural en lugar de acabar maquillada como una puerta.
Porque la presencia no nace de tenerlo todo bajo control.
Nace de reconciliarte con tu propia voz.
Y de mostrarla.
No es técnica.
Es entender por qué te escondes para poder dejar de hacerlo.
Abajo tienes la puerta abierta.
QUIERO SER DEL 1% QUE NO ABURRE A SU PÚBLICO
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